En Bolivia aprendí a resolver problemas de diferente forma”. Son palabras de la española Araceli Martín, estudiante de ingeniería de caminos de la Universidad Politécnica de Madrid. La mentalidad y la lógica de funcionamiento de Araceli (como la de sus dos compañeros que aceptaron terminar su Trabajo Fin de Grado en Bolivia), cambió por completo en aquel viaje de casi 24 horas. Es el tiempo que emplearon en llegar desde Madrid a Santa Cruz de la Sierra para después ir hasta Sucre desde donde partirían hacia Tomina y Azurduy, en el departamento de Chuquisaca.

Allí fueron recibidos por miembros de la ONG local ‘ProAgro’ para integrarse en la construcción de una red de captación y almacenamiento de agua. El objetivo: desafiar las consecuencias del cambio climático en una región donde el ritmo de las cosechas se había reducido por la escasez de lluvias, trayendo consigo un aumento en la inseguridad alimentaria.

Durante un mes, los tres alumnos formaron parte de la construcción de una presa, una decena de lagunas artificiales y 30 estanques ubicados cerca de las casas y los huertos familiares para recoger agua proveniente de fuentes naturales. Lo que no esperaban era la presencia activa de la comunidad. “Porque todos aportaron soluciones”, recuerda Gonzalo Ferichola, otro de los estudiantes quien también destacó la generosidad de la población a la hora de compartir el conocimiento y los mapas autóctonos. “En España no estamos acostumbrados a trabajar de esta forma”, afirmó.

Marta Melcón, otra de las estudiantes, sin embargo quedó deslumbrada por el papel de las mujeres. “Eran ellas quienes negociaban con los ingenieros”, destaca. Ella y las mujeres de Tomina influenciando positivamente en un mundo eminentemente masculino.

Reconocimiento internacional

Dicho grado de implicación supuso para los tres estudiantes el principal punto de ruptura frente a los métodos precisos, exactos y ortodoxos que habían aprendido en los manuales de ingeniería.  Y todo en parte gracias a que ProAgro, en su rol como socio local, buscó desde el principio la implicación y el compromiso de los beneficiarios. No solo intercambiando conocimientos  sobre recursos hídricos, sino dictando cursos formativos que garantizaran la viabilidad del proyecto.

Recientemente, la estrategia marcada recibió un galardón en la IV Edición de los Premios de Ingeniería Civil promovidos por la Fundación José Entrecanales Ibarra en su modalidad de Cooperación al Desarrollo por el proyecto ‘Construcción participativa de represas, estanques de ferrocemento y lagunas colinarias con estrategias de gestión de agua para riego adecuadas al cambio climático en comunidades rurales andinas del municipio de Azurduy.

A día de hoy, tal reconocimiento está permitiendo establecer estructuras de almacenamiento fiables para abastecer a más de 2.000 habitantes y regar 220 hectáreas de cultivo gracias a una presa de arco capaz de sostener 70.000.000 de litros de agua.  Pero también, que la nueva generación de cooperantes supere definitivamente la dicotomía Norte-Sur de la ayuda al desarrollo.  “Nosotros somos aprendices de las poblaciones beneficiarias. Nos enseñaron a resolver problemas de manera distinta”, coinciden con agradecimiento los estudiantes.

Nota final: El caso de Marta, Arceli y Gonzalo es sólo un ejemplo de cómo los beneficios de la cooperación al desarrollo van más alla de los aportes en el terreno. El objetivo de este post ha sido visibilizarlos para explicar desde otro punto de vista la horizontalidad que caracteriza la cooperación realizada en el espacio iberoamericano.

VÍDEO ‘AYUDA EN ACCIÓN’: Más información sobre el proyecto.

José Albil | @Ortizalbil

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