Alides Daza tenía 18 años cuando fue nombrada Reina del Carnaval Vallenato y empezó a codearse con eminencias del espectáculo regional y autoridades del municipio colombiano de Valledapur, situado en la costa caribeña. Aquel título, más allá de extender loas automáticas a su belleza durante un año, sirvió para alumbrar un pasado solidario hacia su comunidad ’12 de Octubre’ que muy pocos conocían. El resto pareció enterarse por la prensa y la encumbraron como si quisieran comprobar que su solidaridad no era consecuencia del reconocimiento institucional a su belleza. Que era algo anterior. Y por tanto mucho más válido. Al menos real.

Quizá por eso Alides Daza no desentonó cuando en una de sus primeras labores como reina recaudó fondos en la campaña de la banderita de la Cruz Roja. Hay que relacionarse para contar con buenas amistades, llegó a afirmar ante un periodista. Sin duda, una frase más propia de alguien avezado en el arte de la retórica política que de una niña de quinto de bachillerato.

Apoyo al emprendimiento (y viajes en OVNIS)

Alides Daza pronto se dio cuenta de que nada como la voluntad política para elevar a otro nivel la solidaridad a la que estaba acostumbrada. Por eso no puso pegas en formar parte una recogida de fondos junto a la mujer del alcalde de Valledapur para la institución Rosita Dávila en su búsqueda de estimular el emprendimiento entre los adultos mayores.

Sin embargo, siempre confesó que su gran satisfacción como reina fue mezclarse con los habitantes del Caribe colombiano. Especialmente con las mujeres. Por ejemplo,  Nicolasa Arévalo, una ciudadana de Puerto Colombia que los periódicos llegaron a calificar como ‘La mujer más anciana de Colombia’. Se atrevieron a publicarlo después de comprobar por ellos mismos que vivía junto a cinco generaciones de su familia y no tanto por la existencia de registros oficiales que certificaran sus 126 años de vida.  También tuvo tiempo de conocer y comer en ‘La Bella’: un templo gastronómico de Valledapur levantado a partir de un préstamo de 500 pesos y una canasta con gaseosas que con los años llegó a servir 600 comidas diarias. “Quien no debe, no es gente”, confesó su dueña saliendo al paso de las preguntas que buscaban una explicación a tanta gloria. En ningún momento dio detalles de su famoso “último golpe de sazón”, un ritual al que ninguna de sus seis empleadas tuvo el honor de asistir.

La visita oficial que jamás olvidó fue la última. No tanto por expirar su reinado como por conocer a Rosa Delfina, una bordadora de telares famosa por representar el contenido de sus sueños. Incluido aquel en el que fue transportada por OVNIS a otro mundo y a otro espacio. Rosa se sentaba a los pies de su máquina Singer de 1908 y, en jornadas laborales de tres y cuatro meses, representaba de un tirón a las campesinas caribeñas y sus escenas costumbristas. Pero también críticas sanguinarias hacia aquellas muchachas que ávidas de una vida mejor en la ciudad se dejaban engatusar por los señoritos de Bogotá o Medellín. Las llegó a representar atropelladas por un coche por no conocer las normas de circulación de la gran ciudad; otras, siendo invitadas a ‘El gato Negro’, una especie de casa de citas imaginaria alumbrada por un foco rojo para después mostrarlas embarazas y abandonadas en un parque de la urbe.

A Alides Daza siempre le llamó la atención los rostros de las mujeres de los tapices. Hilo beige para representar la piel mestiza y tres simples perpuntes de color negro para los ojos y la boca. Nada más. Y en esa sencillez plagada de indefinición, el convencimiento de que cualquier mujer caribeña podía verse representada. Incluso ella, pero no se atrevió a pedirle un retrato porque era lo simple. Sabía que el mejor modo de inmortalizar su último día de reinado era aparecer en sus sueños. ¿Acaso una reina como ella merecía menos?

Nota final
Este post es fruto de una licencia literaria. Aunque las protagonistas y sus aportes a la sociedad colombiana sean reales, quizá no llegaran a conocerse nunca. Es más, quizá sólo tengan dos cosas en común: haber vivido en la región caribeña y hoy formar parte del archivo digital ‘Memoria visual de la mujer en el Caribe colombiano’. Un proyecto financiado por el programa iberoamericano ADAI-IberArchivos destinado preservar y fortalecer el legado de la mujer al Caribe colombiano. 

Retazos de vida digitalizados para construir una hemeroteca del compromiso femenino. Así eran realmente las protagonistas de esta breve historia. Aunque podrían haber sido muchas otras:

 

José Albil | @Ortizalbil

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