Nadie conspira contra un régimen militar a plena luz del día y frente al símbolo de su victoria todavía humeante por las descargas de artillería recibidas tres meses antes. Mucho menos si te acompañan dos de tus cinco hijos y tu nieta de pocos meses. Así lo creyó Rebeca Espinoza cuando el 3 de enero de 1974 un Fiat de color rojo le cortó el paso en los alrededores del Palacio de La Moneda de Santiago de Chile y dos militares vestidos de civiles la obligaron a montarse en la parte trasera del vehículo.

El motivo: la habían visto reunida en la Plaza de la Constitución frente a La Moneda con varios miembros del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) donde había trabajado. La infracción: incumplir la Ley 77 aprobada tras el golpe militar por la cual se consideraba delito cualquier tipo de asociación. La versión de Rebeca: que, efectivamente, había hablado con miembros del INDAP, todos ellos antiguos compañeros, pero que fue una conversación banal.

Apenas hubo discusión. Rebeca, junto sus dos hijos y su nieta, fueron desplazados a las dependencias de la Academia Aeronáutica ‘El Bosque’. Allí fueron retenidos durante horas hasta que devolvieron a los niños a casa al cuidado de los hermanos mayores y familiares, dejando a Rebeca detenida junto a sus excompañeros del INDAP quienes también fueron apresados por el mismo motivo.

La chaleca roja

Los interrogatorios se alargaron 72 horas hasta que sucedió lo inevitable: los montaron en ‘La Paloma’ (un furgón de color blanco sin cristales traseros), y fueron directos al campamento de detenidos ‘Tejas Verdes’ situado en la localidad de Rocas Santo Domingo, a más de 100 kilómetros de Santiago.

Desconozco la razón de mi detención”, dijo Rebeca a las otras dos reclusas nada más ingresar en el módulo de mujeres. Allí comenzó un cautiverio marcado por las torturas, pero sobre todo por las vejaciones cada vez que la llevaban al subterráneo del Casino de Oficiales donde quedaba a merced de dos miembros de la banda de música del Regimiento. Quizá los mismos que la obligaron a cantar sin descanso durante un día completo el Himno de los Carabineros.

Sin embargo, más allá de las vejaciones y el hecho de que la sacaran de la celda a cara descubierta como síntoma de que daba igual lo que viera pues su destino estaba decidido, sólo seguía preocupándose de una cosa: sus hijos. Siempre que podía hablaba de ellos. Especialmente a las otras reclusas con la esperanza de que cualquiera de ellas quedara en libertad y pudiera transmitirles su mensaje de amor y añoranza.

Una noche de febrero, Luisa Stagno Valenzuela, una detenida que había compartido celda con Rebeca, solicitó a los guardias una prenda de abrigo para soportar el frío. Le dieron una chaleca roja. La misma que días antes llevaba puesta Rebeca cuando la llevaron al sótano del Casino de Oficiales. La tomó en su mano y entonces supo que no la volvería a ver jamás.

El mar de la 5ª región

Para entonces, la búsqueda y la batalla legal por demostrar la inocencia de Rebeca ya había comenzado. La iniciaron Verónica y Cristian, dos de sus hijos, quienes poco a poco pudieron reunir pruebas de que estaban ante una detención arbitraria pues su madre no tenía antecedentes penales y ni tampoco afiliación política. Aquel aporte se fue completando con las declaraciones de reclusos que salieron con vida de Tejas Verdes, especialmente tras el fin de la dictadura y los testimonios que llenaron las posteriores comisiones de la verdad. Todo ello sirvió para que en 2008, tras treinta y cuatro años de lucha, la Corte Suprema de Chile condenara a seis oficiales del ejército por el delito de secuestro cualificado de Rebeca. Incluido el Mamo Contreras, jefe de la DINA y mano derecha de Augusto Pinochet.

A día de hoy, y mientras esperan el fallo definitivo de la Corte, los cinco hijos desconocen el paradero de su madre. Desde aquel febrero aciago en el que se perdió su pista, lo único que saben es que Rebeca nunca ha intentado ponerse en contacto con ellos, que tampoco ha realizado gestiones ante órganos del Estado ni tampoco se han registrado entradas y salidas del país y tampoco hay constancia de su defunción. En el fondo, un cúmulo de certezas administrativas insuficientes para calmar los estragos de la incertidumbre y que palidecen frente a la ‘verdad oficial’ del Informe Rettig el cual señala el mar de la 5ª Región (Valparaíso), como lugar probable donde todavía hoy yace sumergido el cuerpo de Rebeca.

José Albil | @Ortizalbil

Nota final: El 14 de julio de 2008 se produjo en Fallo en Primera Instancia por la desaparición de Rebeca Espinoza con el número de proceso Nº 2.182-98. En él se cita a la Vicaría de la Solidaridad de Chile como la institución de la que surgieron las pruebas para determinar la no militancia política de Rebeca, así como la ausencia de antecedentes. Parte del fondo documental de la Vicaría fue y está siendo digitalizado por el apoyo financiero del programa iberoamericano IberArchivos y a día de hoy sigue suponiendo un aporte fundamental para continuar con las demandas de reparación de miles de ciudadanos chilenos.

 

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