Basta con describir el paisaje urbano que rodea la Escuela Líder Paso Canoas para situarla mínimamente en un mapa: se encuentra rodeada de hoteles y cabinas de hospedaje, a escasos metros de una oficina migratoria y del ensamble de la carretera panamericana que vertebra el tránsito terrestre entre Costa Rica y Panamá. Es Paso Canoas, una ciudad internacional ubicada entre la provincia costarricense de Puntarenas y la panameña Chiriquí. También, un ejemplo perfecto de la debilidad y los retos que enfrentan las fronteras latinoamericanas.

En su Informe Anual de 2011, el Programa Iberoamericano para el Fortalecimiento de la Cooperación Sur-Sur (PIFCSS), resaltaba el papel de la cooperación para superar la visión de una frontera como un límite de seguridad y reducir la desigualdad entre las grandes urbes y las periferias. También, su utilidad para visibilizar el papel de la sociedad civil y los gobiernos locales que padecen esa institucionalidad débil, las bolsas de pobreza o la inseguridad migratoria.

Todo ello se materializa en Paso Canoas y tiene su eco en la Escuela Líder cuyo alumnado proviene de familias desestructuradas por la violencia, la pobreza o con altos niveles de analfabetismo. Elementos amplificados por su carácter fronterizo y que llevaron al centro a integrarse en PROMECUM, un programa impulsado desde 1995 por el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica destinado a mejorar las condiciones educativas de comunidades marginales.

La cultura como ascensor social

Ser parte de PROMECUM, sin embargo, no ha evitado que la Escuela siga siendo permeable a las debilidades fronterizas. En 2015 se vio obligada a actuar como refugio improvisado para un grupo de migrantes cubanos y africanos a los que brindó techo, alimento y asistencia médica durante varios meses. Una labor solidaria que no hace sino reflejar su continua vocación integradora, algo que promueve entre el alumnado a través de actividades artísticas como la danza, el teatro o el deporte.

O la música. Por ejemplo acogiendo proyectos externos como la ‘Orquesta Sinfónica de Jóvenes Músicos de la Frontera Costa Rica- Panamá’, la cual es financiada por el programa iberoamericano IberOrquestas con el objetivo de estimular el desarrollo musical de la población fronteriza con edades de entre 9 y 15 años. “Históricamente ha sido una zona completamente desatendida por parte de los gobiernos tanto de Costa Rica como de Panamá”, explica Gersan Arias, uno de los músicos costarricenses encargado de desarrollar el proyecto y miembro del Centro Municipal para las Artes (CEMA), de Coto Brus.

En ambas ediciones, el proyecto ha tenido un fuerte impacto en dos aspectos: el primero, incentivar el trabajo en la formación musical de los jóvenes que residen a ambos lados de la frontera; el segundo, visibilizar los esfuerzos que ya se están realizando por parte de las instituciones locales y la sociedad civil. Sin olvidar otro aporte vinculado a un ‘efecto imitación’. “El proyecto logra motivar fuertemente a los niños quienes sin haber podido participar en los campamentos realizados anteriormente debido a que no tienen el nivel para integrarse, se esfuerzan el doble para ser admitidos en las próximas ediciones. De manera tal que los estudiantes terminan siendo modelos a seguir por parte de otros niños y niñas”, explica Gersan.

La unión entre la Orquesta Fronteriza y la Escuela Paso Canoas es un ejemplo más de cómo la música contribuye a reducir la desigualdad en regiones lastradas por el desarraigo cultural y el paso efímero de identidades e intereses. “No obstante -matiza Gersan-, existen muchas carencias debido a la desatención histórica que ha tenido la región, resultando finalmente un efecto paliativo y no la solución de las diferencias sociales que por años han existido“.

Nada más oportuno que reclamar mayor compromiso institucional recordando las palabras del pianista James Rhodes en su imprescindible biografía ‘Instrumental’, cuando definía la música como “la gran unificadora, la droga preferida de los adolescentes de todo el mundo. Brinda consuelo, sabiduría, esperanza y calidez; lleva haciéndolo miles de años. Es medicina para el alma. Hay ochenta y ocho teclas en un piano y, dentro de ellas, un universo entero“.

José Albil |@Ortizalbil

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