En lo que pueda, yo apoyo”, afirma Goya Otero Vega, líder comunitaria de Torres de Guadalupe, un asentamiento informal del municipio de García, Nuevo León (México). La suya parece una afirmación lógica teniendo en cuenta la responsabilidad de su cargo, pero hace dos meses adquirió una dimensión casi épica con la repentina enfermedad cerebral de Kelly, su hija de 16 años. Todo empezó con un simple dolor de cabeza, al cual siguieron varias convulsiones. Después, la inmovilidad. Los cuidados intensivos. La dependencia absoluta.

Sin embargo, la vida de Goya empezó a cambiar mucho antes de que su hija cayera enferma. Concretamente una mañana de enero de 2014 en la que aparecieron por el asentamiento un grupo de muchachos en cuyas prendas se dejaba ver un logotipo azul y blanco donde se leía la palabra ‘TECHO’. Buscaban un lugar donde celebrar una primera asamblea en la cual escuchar las demandas habitacionales de los vecinos. “Otra más”, dijo Goya nada más verlos, cansada de las promesas vacías de otras organizaciones y de la municipalidad.

La propuesta de aquel grupo de voluntarios de ‘TECHO México’ era clara: sustituir los tejabanes donde habitualmente se hospedaban las familias por casas prefabricadas. Así de simple. Goya supo que estaba ante una cooperación diferente cuando empezaron a trazar un perfil profesional de los apenas mil habitantes del asentamiento. Es decir, serían beneficiarios y techeros. Atrás parecía quedar la única lógica de construcción basada en reutilizar tarima, lona, cartón o cualquier otro material que resolviera las necesidades puntuales.

Una casa en ocho horas

Las obras comenzaron semanas después del acuerdo. Y entre las primeras tareas de los vecinos, ayudar en el desplazamiento de materiales, el montaje posterior o tener preparadas las mesas y alimentos cuando llegara el tiempo de reposo. “Si la gente no participa, no tendría sentido”, afirma Goya, quien fue testigo de cómo aquel trabajo en la sombra, muy alejado de tecnicismos y sofisticadas mediciones de ingeniería, hizo también posible que en Torres de Guadalupe se batiera el récord de tiempo para construir una casa: ocho horas. Y #conlluviaytodo, como difundieron los techeros a través de las redes sociales.

casa_record

Sin embargo, Goya tuvo que salir de Torres de Guadalupe para advertir que el gran aporte de TECHO iba más allá de modificar el paisaje urbano del asentamiento. Lo vio desde el DF, concretamente en el encuentro de líderes comunitarios organizado el pasado mes de mayo donde 100 líderes de toda América Latina compartieron las experiencias de transformación de sus respectivas comunidades. Y todos, con una misma conclusión: TECHO, ante todo, significa un cambio de mentalidad frente al reto de superar la pobreza. 

Goya experimentó la dimensión del cambio en aquellos vecinos que empezaron a sentirse útiles ayudando a levantar su futuro hogar o en aquellos que explotaron su vena empresarial comercializando sus propios dulces caseros. Pero también en ella misma aquella mañana aciaga en que su hija Kelly convulsionó hasta siete veces en menos de media hora y pudo tenerla bajo techo y con un mínimo de higiene y servicio habitacional hasta que su esposo la llevó en su coche al hospital más cercano, situado a más de una hora de la Comunidad.  “Antes no había donde reunirse o donde los niños fueran a tomar clases o distraerse un rato. Estaban en la calle”, afirma Goya, quizá pensando en cómo hubiera afrontado la enfermedad de su hija si aquella mañana de enero los techeros hubieran pasado de largo.

Sin seguro social, los ahorros familiares sólo les alcanzaron para afrontar las primeras inspecciones médicas. No les dio para saber el origen de las convulsiones y si volverían a repetirse. Tampoco, qué consecuencias tendría para la niña. Durante meses, otra vez la pobreza. La incertidumbre. Incluso el marido de Goya se vio obligado a dejar su trabajo fuera del asentamiento sólo para tener disponible el coche en caso de tener que volver de urgencia al hospital. Porque sin cobertura médica, nadie acudiría a socorrerlos.

Inspirada por el viento renovador que llegó con los techeros, Goya se unió a la cooperativa de dulces y amplió el catálogo de productos. Así consiguió un nuevo ingreso con el que afrontar el coste de las consultas médicas que ella misma se encargó de buscar junto a su esposo. Un desafío (que la pobreza no acabara con su hija), al que cada sábado se siguen uniendo los voluntarios de TECHO. No solo para constatar que Kelly cada día está un poco mejor o para comprar los dulces de la cooperativa, sino también para poner en marcha (precisamente en una de las casas prefabricadas), el Plan de Educación de Torres de Guadalupe entre los niños de 3 a 13 años, incluidos aquellos que requieren educación especial.

La quiero ver regularizada, con nuestros servicios, haciendo nuestros propios proyectos, sacando adelante lo que tengamos en mente”, afirma Goya cuando desde Iberoamérica Humana le preguntamos cómo querría ver el asentamiento en los próximos años. Sin duda, un deseo que leído entre líneas podría aplicarse a cualquier persona. Incluida su propia hija, quien a día de hoy se siente recuperada, sin aparentes secuelas y ya dispuesta a retomar lo antes posible sus estudios de enfermería.

Goya y el equipo [197258]
Goya Otero Vega (en el centro con camiseta rosa), junto a Mariela Benavides (izquierda), Directora Nuevo León México y coautora del post. Ambas acompañadas de dos voluntarias de TECHO México.

José Albil | @Ortizalbil & Mariela Benavides Espronceda

Anuncios