Un poema de amor para su esposo Juan Molina y un mensaje de agradecimiento en el reverso de una cajetilla de tabaco para su amiga Sandra Machuca. Son los últimos vestigios que Ana María Navarrete consiguió de su hija, Muriel Dockendorff, desde que ésta fuera detenida por segunda vez por miembros de la DINA en agosto de 1974. Se los hizo llegar la propia Sandra, quien compartió con Muriel celda y tortura en el centro de represión Cuatro Álamos de Santiago de Chile.

Allí estaba su caligrafía ligeramente inclinada, con su prosa resplandeciendo más allá del cautiverio, siempre elegante, precisa y comprometida. No había duda. Era Muriel. O Rucia, como la conocían sus amigos.

“Sandra Querida:
Me recuerdo cuando te conocí en la casa del terror, de lo que me diste, me entregaste. En esos momentos en que una luz era un sueño o un milagro. Sin embargo, fuiste luz en las tinieblas. Fuimos una en un revés. Hoy miles de reveses más tarde te veo como entonces. Sé que estarás hoy en algún sitio, siempre mirando al frente. Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos. No me olvides camarada.
Rucia
Mes: de la desesperanza.
Año: de la tortura.”

Pocas cosas aportan más información a los familiares de los detenidos que los recuerdos de un recluso liberado. Una mirada casual, un par de comentarios en un pasillo o dar el sí en el recuento de cada noche es suficiente para empezar a tejer una red de recuerdos ajenos sobre la que recomponer el día a día. Así fue como Ana María supo que su hija pasó por el centro de represión Londres 38 antes de acabar en Cuatro Álamos y que esas idas y venidas las catalogaba como “visitas turísticas”. También percibió que su vena solidaria seguía intacta: se dedicó a enseñar alemán y literatura a sus compañeras de celda con el mismo énfasis con el que siendo una adolescente viajó al sur de Chile a alfabetizar a los indígenas mapuches para que pudieran defender sus derechos. Signos inequívocos de su compromiso por los más necesitados y de su amor por las letras. Pero también supo de la frase que los captores dedicaron a su hija la misma noche en que salió de Cuatro Álamos hacia un lugar todavía hoy desconocido: “ponte una frazada (manta). El lugar adonde vas está muy lejos y hace mucho frío”.

Dos noticias falsas

Con todos los cauces institucionales y judiciales cerrados, Ana María encontró apoyo en el Comité Pro Paz, un órgano creado por las iglesias cristianas de Chile para guiar y proteger en plena dictadura militar a las víctimas del golpe. Fue el propio Comité quien ayudó a desmontar la llamada ‘Operación Colombo’: un montaje de la DINA para sacudirse la responsabilidad en la desaparición de 119 disidentes, la mayoría pertenecientes al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Entre ellos, Muriel. Según la DINA, todos fueron víctimas de una purga interna realizada en Argentina. Hecho que fue recogido por los principales diarios chilenos, quienes copiaron sin rechistar los detalles publicados por el diario argentino ‘Lea’ y la revista brasileña ‘Novo O’día’. Dos publicaciones que llevaban varios años clausuradas y que fueron reeditadas expresamente para difundir el bulo.

La actividad de Pro Paz se desarrolló hasta que las presiones régimen consiguieron cerrarlo el 31 de diciembre 1975. Sin embargo, un día después la Vicaría de la Solidaridad de Santiago tomó el mando de la protección a las víctimas. Allí, Ana María fue una de las coordinadoras, llegando a ser testigo de cómo fueron encontrados los primeros cuerpos. Ninguno fue el de su hija, pero significaron una esperanza para seguir adelante. Como aquella tarde en que acudió clandestinamente hasta la catedral de Santiago para llenar los alrededores con las fotografías de los desaparecidos. Sin olvidar una huelga de hambre de 17 días que terminaron por ponerla en la primera página del diario El Mercurio. Una notoriedad que se volvió contra ella sintiéndose constantemente amenazada por la calle, lo cual la llevó a ejercer la lucha desde Londres en las asociaciones de expatriados.

Una sentencia y un poema

El final de la dictadura en 1990 y la creación de la Comisión Rettig permitieron que la justicia tomara en cuenta la desaparición de Muriel. Primero fue la declaración frente a la Comisión y en 2005 iniciando una batalla legal que siempre tuvo el apoyo de la Vicaría de la Solidaridad. Esta vez a través de su Fundación, creada en 1992 expresamente para preservar y nutrir de documentación a las múltiples batallas legales reactivadas tras la dictadura. En el caso de Muriel, aportó informes confidenciales, recortes de prensa, denuncias de presos y hasta su ficha antropomórfica.

Un paso adelante en la reparación que Ana María sólo pudo disfrutar seis meses. Eran las diez de la mañana del 5 de septiembre de 2005 cuando falleció después de haber estado luchando contra un cáncer de mama desde hacía más de 20 años. No pudo ser testigo de cómo en 2012 la Corte Suprema reconoció la detención ilegítima y posterior desaparición de su hija y cómo en 2014 sentenció por ello a ocho altos cargos de Pinochet a penas de entre seis y ocho años de cárcel.

A día de hoy, Muriel Dockendorff sigue en paradero desconocido y pocas cosas definen mejor la tragedia de su madre que unas líneas de la sentencia firme: “sufrió el indecible dolor de perder a una hija de corta edad, sin saber hasta el día de su muerte cuál habrá sido el destino de ella, sólo pudiendo imaginar los padecimientos y la terrible suerte que pudo correr”.  Y un poema. El que dedicó Muriel a su esposo y que Ana María tuvo en sus manos sin saber que con el tiempo algunos versos también hablarían de ella:

“¡Adiós compañero!
Será hasta siempre o nunca. Quizá no será.
Te vas a cualquier parte donde haya que luchar.
Lanzar el grito y al pueblo despertar.
Te vas a cualquier parte a construir un mundo nuevo donde exista la igualdad.
Tú y yo sabemos que no volverás.
Hoy es tu turno, mañana quizás el de tantos más.
Cuando te vayas pensaré en un hombre de verdad.
Que entregó su sangre y se jugó el destino por la causa de la libertad.
Se acaba una vida. Ejemplo de tantos.
Esperanza de muchos.
La hora de partida ya llegó.
¿Sabrán de tu sacrificio? ¿Comprenderán tu entrega?
No…no es eso lo que esperas.
Yo lo sé compañero. Y sangrándome el alma se me escapa un ¡Adiós!” 

José Albil | @Ortizalbil

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