Ningún entorno más propicio para escribir un ensayo sobre migraciones como el caos y el desorden que implica mudarse de un país a otro. Es lo que debió pensar la argentina Mariel Fatecha cuando recién llegada a Encarnación (Paraguay), se sentó frente a la computadora con la intención de presentarse al primer certamen de ensayo del programa iberoamericano Iber-Rutas. “En los últimos diez años me he mudado a nueve ciudades diferentes…”, fue su primera frase.

La relación de Mariel con las migraciones se remonta incluso antes de su nacimiento. Tanto, que estuvo a solo un mes de ser uruguaya por el deambular constante de sus padres quienes huyeron de su Paraguay natal por la dictadura de Stroessner. El destino quiso que naciera en Buenos Aires y allí permaneció hasta que la caída del dictador paraguayo en 1989 les permitió volver a casa. Aquella fue la primera vez que saboreó la amargura del desarraigo. Y todo por la necesidad de adaptarse a unas raíces guaraníes que nunca sintió como propias. Nunca lo consiguió. Al menos en el modo en que a su familia le hubiera gustado. Mariel tenía apenas 12 años, pero ya se había jurado que aquella migración no sería la última.

Tuvo que esperar a la mayoría de edad para cumplir su promesa. Quizá hubiera bastado con mudarse a un apartamento a la vuelta de la esquina (pues de lo que se trataba era de tomar las riendas de su propia vida), pero lo cierto es que el lugar donde se sintió libre por primera vez estaba a miles de kilómetros. Concretamente en Ciudad de México, adonde llegó junto a su pareja después de atravesar por carretera toda Lationamérica.

A partir de entonces, cada año un destino nuevo: Cancún, Zacatecas o Areguá. Y cada vez menos por capricho o rebeldía, sino por respetar los ritmos vitales e inexcusables de su propia existencia. Quizá, la consecuencia de su desarraigo crónico. Un desarraigo que vio en cada uno de los lugares por donde pasó como si fuera una herida compartida en la población latinoamericana. Tardó varios años en asimilar que incluso cuando la migración es voluntaria -como era su caso-, el desarraigo duele. Mucho más en aquellos que lo dejan todo por dar de comer a sus hijos o los que son expulsados por la desigualdad o la violencia. O como aquel argentino al que un día le sorprendió el amor cuando fue a Guatemala a ver un partido de fútbol de la albiceleste. Allí se enamoró, tuvo un hijo y lo dejó todo y cada vez que veía a Mariel preparaba facturas con dulce de leche no tanto para saborearlas como para recordar lo que fue.

Sólo gracias a la escritura, Mariel pudo soportar aquel derroche constante de nostalgia y dolor.

Hace un año, en mitad de una reunión de trabajo, recibió el aviso de que aquel texto que empezó a escribir entre cajas y desorden había sido premiado en el certamen de ensayo de Iber-Rutas. El primer abrazo de felicitación se lo dio su jefa. Pero también la ciudad de Buenos Aires a la cual tuvo que volver para recibir el premio. “Me permitió regresar por poquísimos días a mi ciudad natal y reencontrarme con amigas a las que quiero muchísimo. Llegar y que me den un reconocimiento fue una experiencia reconfortante”, explica Mariel, cuya única ambición es ser fiel a su esencia, que no es otra que la de ser una buscadora. “El día que deje de buscar, muero, pero yo busco viajando y si no estoy viajando, busco igual. Aprendo, estudio, viajo de todas las maneras posibles. El ensayo me permitió compartir mi visión. Me concentré en pensar cómo me había afectado o no ser migrante”, apunta.

La de Mariel es la historia de una búsqueda personal como a la que se enfrentan cada día miles de migrantes. Un viaje a la semilla de lo que somos realmente, un aprendizaje que puede durar toda la vida y que va dejando posos de nuestra esencia allá donde pisamos. “Mi mensaje es que hay que buscar”, explica Mariel, quien afirma que de cada lugar del que se ha ido, siempre dejó algo no material. “Hay que buscar toda la vida porque en todo momento aparecen mensajes nuevos. A veces no sé enfocar bien lo que aprendí, me cuesta. Por eso tengo que expresarme. Por eso me gusta escribir. Vuelca mi cúmulo de energía en palabras y me libera. Ojalá a alguien el día de mañana le sirva el ensayo, pero eso yo no lo sé. Lo sabe el que siente o no algo cuando me lee”.

Lectura >> ‘Migrantes somos todos’, Mariel Fatecha; Segundo premio ‘I Certamen de ensayo Iber-Rutas 2014: Una mirada desde los ojos de los migrantes, 2014’
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Mariel Fatecha (centro), junto a su esposo e hija. Fotografía: cortesía Mariel Fatecha.

José Albil | @Ortizalbil

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