Gladys González empezó a cuestionarse el perdón siendo todavía una niña. Con apenas cuatro años fue testigo de cómo miembros del partido conservador de Colombia entraron en casa de su tía, agarraron a su bebé recién nacido y lo lanzaron al aire frenando la caída con el filo de las bayonetas. Así hasta tres veces y siempre delante de la madre, quien después fue torturada hasta la muerte. Buscaban la delación de liberales, la otra facción de un conflicto político conocido como ‘la violencia’ que entre 1948 y 1958 llegó a afectar a una quinta parte de la población colombiana, o bien con la muerte o con el desplazamiento forzado. O como en el caso de Gladys, con las dos cosas.

Por aquel entonces su familia regentaba una tienda de víveres en Icononzo, en el departamento del Tolima. Un día recibieron la visita de los conservadores y arrasaron el local echando a perder todos los productos que les daban renta y sustento. Incluidas las gallinas coloradas a las que mataron sólo por tener un plumaje parecido a la bandera liberal. Aquella sinrazón les hizo dejarlo todo y huir.

Desde hacía algunos meses, el padre de Gladys conocía la posibilidad de refugiarse en un pequeño terreno situado en la región de Viotá, en el departamento contiguo de Cundinamarca. Marcharon a pie un total de nueve familias, siempre de noche, ocultándose en cuevas y con la precaución de ahogar el llanto de los niños metiéndoles pañuelos en la boca para no ser descubiertos. Así durante ocho días en los que incluso la madre de Gladys, a la altura de Puerto Brasil, dio a luz a su segunda hija. El alumbramiento se produjo a las tres de la madrugada y a las seis de la tarde ya estaban de nuevo en camino.

Finalmente, el rumor resultó ser bueno y pudieron negociar con la autoridad local la ocupación de un pequeño terreno donde sobrevivieron hacinados en una choza de bahareque y palma.  Sin embargo, el exilio -mejor dicho, el tránsito perpetuo al que todavía hoy están abocadas muchas familias colombianas-, no les libró de la orgía de sangre entre conservadores y liberales. Durante años fueron testigos de cómo la región de Puente Piedra, a sólo 33 kilómetros de Bogotá, se convirtió en un monumental cementerio con miles de represaliados llegados de los municipios cercanos. Un lugar donde nadie sentía pena cada vez que llegaban las noticias de que alguna volqueta cargada de cadáveres se había despeñado accidentalmente por los cerros con los verdugos dentro.

En ese entorno, Gladys se hizo mujer y esposa y vivió la conformación del Frente Nacional en 1957 por el que ambas facciones sellaron la paz repartiéndose la gestión del gobierno. Con dieciséis años se quedó embarazada y emprendió el regreso a Tolima sabiendo que antes debía aceptar el envite de la memoria. Recordó la tienda de víveres y las gallinas de pecado colorado, a su tía y su bebé. Pero también a otro primo represaliado al que rebanaron con cuchillas la planta de los pies y lo hicieron correr sobre piedras para que delatase a los cachiporros (liberales). Y así con muchos otros. Y siempre con el mismo dolor y la misma duda. ¿Dónde se hacen compatibles memoria y perdón? ¿Quizá en las promesas de tierra y bienestar que recibió nada más llegar por parte de los miembros de la guerrilla de las FARC que ya dominaban Tolima?

En aquellos años de tregua y promesas, Gladys llegó a divisar a Juan de la Cruz Varela, el mítico congresista y líder campesino que por aquel entonces trataba de asentar los avances en el Sumapaz y la región oriental. Sin embargo, el único apoyo que bajaba del Huila o el Meta no llegaba en forma de ayuda a las mujeres o los ancianos, sino en forma de un ejército cada vez más poderoso que crecía sin parar. Gladys se dio cuenta cada vez que se dejaban ver por la tienda de víveres. No tanto por el debido respeto a la autoridad, sino porque el tratamiento casi reverencial empezó a ir dirigido a antiguos campesinos, vecinos o estudiantes que vieron en la guerrilla una salida a la pobreza. Ya no era la lucha descarnada entre liberales y conservadores, sino la falta de alternativas en educación y desarrollo campesino lo que desangraban Tolima. Fue entonces cuando Gladys recordó el arrojo de su padre y decidió dar un paso al frente.

Liderazgo y cooperación

Gladys empezó invirtiendo sus pocos ahorros en un terreno en Potreras, en una comunidad llamada Rincón del Lago de apenas treinta vecinos. Tardó casi seis años en pagar los 45000 pesos por un lugar sin calles ni luz y donde el agua corriente sólo llegaba una hora al mes. De aquella pobreza y sufrimiento -pero todavía sin las tensiones entre guerrilla y ejército que ya se dejaban sentir en Tolima-, nació su compromiso por la comunidad e impulsó la creación de un acueducto para, al menos, no tener que desplazarse varios kilómetros hasta San Mateo sólo para lavar la ropa. Ella misma seleccionó la cuadra idónea para instalar la tubería, midió los metros e hizo la gestión de costes y trámites con el equipo de ingenieros de la multinacional colombiana Gerfor. Después presentó el proyecto a la comunidad y dividió la inversión total entre los interesados. Sólo se detuvo cuando agua empezó a fluir regularmente.

Aquella tubería fue su primer logro y el inicio de un rol protagónico que la llevaron a ocupar todos los puestos de la Junta de Acción Comunal que, lentamente, fue haciendo posible tener luz eléctrica o pasear por calles pavimentadas. Ocupó todos los cargos menos el de presidenta debido a las connotaciones políticas. Prefirió forjar su liderazgo lejos del halago y más cerca del trabajo en terreno fomentando alianzas al margen de la burocracia política.

Una vez le llegó el rumor de que en el Alto el Pino, a más de media hora a pie montaña arriba, una organización social dedicada al desarrollo de asentamientos estaba entregando casas a familias desplazadas. Aquella organización era ‘Un TECHO para mi país’. Gladys consiguió el permiso de la comunidad y les hizo una propuesta de cooperación. Lo logró tras 13 reuniones, donde incluso las vecinas de la comunidad se alternaron para acompañarla no tanto para fortalecer la negociación como para que no tuviera que trepar sola la montaña.

TECHO trabajó con la comunidad en la construcción de viviendas para desplazados, una escuela taller y la mejora de las instalaciones de la escuela y la biblioteca. Sin embargo, uno de los grandes avances para la comunidad fue ayudar a los vecinos a superar un estilo de vida subsidiado por su condición de desplazados o por tener un puntaje por hijo muy elevado dentro del plan gubernamental Familias en Acción. Quien quisiera mejorar su situación habitacional debía primero aceptar una contrapartida económica, remangarse y participar en la construcción. Desde la zanja donde fijar los pilares hasta la última mano de pintura de la fachada. La construcción de un hogar como metáfora para hacerse dueños de sus propios destinos.

El próximo 18 de mayo se celebrará en México el Encuentro Latinoamericano de Líderes Comunitarios. Seriedad, respeto y compromiso por la comunidad son los tres rasgos que han llevado a Gladys a ser parte del evento. Un evento que hablará de cómo superar la pobreza en América Latina. “Es un problema de mentalidad“, afirma Gladys, quien llegó a enfrentarse a la directora del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas en Colombia para que sustituyeran algunos víveres por talleres de formación. Una máxima -la autosuficiencia-, que busca en cada reunión comunal. “Hay que levantarse y trabajar. Por eso soy zapatera o peluquera…Cuando arreglo un zapato, ahí me levanto; cuando peino a una chica, ahí me levanto“, explica convencida de que la pobreza no hay que ignorarla, sino verla como algo superable. Y eso sólo se puede hacer con un cambio de mentalidad.

Incluso ella, siempre intentado moverse al margen de la política, dejará a un lado sus reticencias y se presentará a edil para que la comunidad tenga representación y pueda captar más recursos. Que personas como Gladys vuelvan a confiar en las instituciones, después de saber lo que significa tener que huir de sus hogares pisando cadáveres, quizá sea el síntoma definitivo de que Colombia empieza a cerrar definitivamente sus heridas.

Gladis González
Gladys González // Fotografía: cortesía Diana Navarrete, Jefa de Medios y Contenidos de TECHO Colombia.

 

José Albil | @Ortizalbil

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